domingo, 23 de noviembre de 2014

El no tan prometedor día 1.


Día 1.

Domingo 23 de Noviembre, 2014.

11:15 Am.

Casi cuatro años después del auge vomitivo que me estuvo oprimiendo y asfixiando por tanto tiempo. Un auge perfectamente documentado en diarios, cuadernos viejos, servilletas, pedazos de papel y todo aquello sobre lo cual se podía escribir.

Y es que, nunca me gustó escribir especialmente. No tenía talento para eso… ni para nada en general ¿qué me llevó a escribir de todos modos? La necesidad. Aquella necesidad latente como una herida a carne viva de hablar, de contarlo todo, de escupir mis palabras amargas como la hiel y desgarradoras como el veneno. El único problema está en que yo no tenía a nadie, nadie que me ofreciera su hombro en el cual recargarme, nadie que cargara mis penurias para alivianar esa carga sobre mi débil existencia. Nadie. Ni un alma.

Podría haberme sentado a esperar para siempre a que alguien se mostrara amablemente, pero la ansiedad me estaba consumiendo viva, sin nadie a quién hablar y las heridas escociéndome con la sangre bajando por mis brazos me decidí a tomar un papel y sostener entre los dedos de mi mano derecha un lápiz y empezar a trazar mi tristeza, a describirla exactamente como la veía acosándome en mi mente a diario, todo el tiempo; mientras yo escribía ella observaba inexpresiva, sentada en el buró esperando, siempre esperando. “¿Crees que eso te salvará?”

A medida que las hojas se van llenando, la ansiedad va disminuyendo y la humana representación malintencionada de mi tristeza se retira a descansar entre las sombras de mi subconsciente. Dejando en el aire un dulce aroma a paz. Desde entonces mis dedos empezaron a esparcir mis agridulces vivencias sobre el papel, sobre cartulinas, sobre el cartón mismo, sobre todo aquello donde un bolígrafo o un lápiz pudieran dejar su marca casi indeleble.

Y así comencé a pasar jornadas enteras encerrada en mi habitación a oscuras, trazando desdichas sobre el papel, acumulando tachones sobre las hojas y botellas de agua vacías sobre mi alfombra. ¿Comer? Jamás. Eso no me hacía sentir mejor, ya sabía que me hacía sentir mejor. Escribir, ¿para qué ingerir calorías que unos minutos después me provocaban una culpa indescriptible? ¿Para qué si podía simplemente sofocar al papel de mis penas y mis culpas sin ninguna consecuencia?

Esa montaña de papeles sueltos y libros eran mi vida ahora. Y yo escondía celosamente mi vida, nadie debía leerla jamás. Nadie. Pasaba ratos pensando, planeando, buscando el lugar idóneo para esconder como un tesoro de miles de dólares aquella pila de lágrimas escritas. De noches en vela. De paz momentánea. Mi vida estaba distribuida en diferentes partes de aquella infernal habitación; entre ropas y jabones, bajo alfombras, entre la cama y el colchón, bajo cajas de zapatos que prometían guardar el secreto por siempre. Mientras yo, celosa y paranoica, revisaba arduamente cada día, chequeando que todo esté en su debido lugar. Algunas veces incluso notaba una distancia recorrida de uno o dos milímetros inexistentes y, sumida en la paranoia y los delirios, cambiaba todo de lugar nuevamente. A un lugar seguro, donde nadie pudiera encontrarlo jamás.

“-¿Por qué no sales?

-¿Para qué?

-Para pasar con la gente…”

Bah, esa gente de la que tanto hablaban no entendía, no entiende, no entenderá. Son todos unos idiotas ignorantes, sumidos en las apariencias, guiados por lo que sus consumidos ojos alcanzan a captar, ¿qué saben ellos?

Así era como la imparable vida seguía su curso, con gente que sufría, personas que morían, bebés que nacían, y una loca que escribía entre botellas vacías y comida apenas tocada. Entre delirios de delgadez y episodios ansiosos que me cortaban la respiración.

Hoy, después de un auge y una decadencia, después de kilos perdidos, después de infinitos vómitos, de ayunos agotadores, de heridas que me escocían como estigmas y lágrimas de ácido que me recorrían el rostro cada noche. Después de haberme sentido como si lo supiera todo sabiendo nada, después de haber robado lápices y rebuscado incansable en lugares impensables por una superficie donde escribir. Después de haber visto la muerte a la cara; después de haber sostenido sondas entre mis labios y estacas infinitas en mi corazón… después de todo, sigo aquí, entre hojas con líneas impresas en el lugar donde todo empezó. Bajo capas de sarcasmos y una actitud fría como el hielo. Sigo aquí, escribiendo. Escribiendo entre líneas guardadas bajo una llave que solo yo poseo y, otras veces, entre documentos sellados bajo una contraseña tan obvia que es impensable. Con ojos cansados y viejas marcas en los brazos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario